Textura.

"Me has puesto entre los derrotados. Sé bien que no ganaré, que no podré dejar la partida. ¡Me echaré en la charca, aunque no sea más que para irme al fondo, Jugaré al juego de mi propia ruina! Apostaré cuanto tengo; y cuando haya perdido lo último, me pondré a mí mismo. Entonces, ya arruinado del todo, habré ganado."

— Poema de Rabindranath Tagore

Apenas pasaba de los diez años, pero ya sabía recorrer toda la selva descalzo. Apenas pasaba de los diez, pero ya hablaba los idiomas de los pájaros y las serpientes y los felinos. Apenas pasaba de los diez, pero ya se creía todo un hombrecito, lo suficientemente fuerte como para huir de los grandes e intimidar a los pequeños. 

A la pantera la conoció por ahí, en la selva. Caminaba buscando frutas y se encontró al animal, con la piel negra y los ojos brillantes. “Me va a comer, me va a tragar vivo” pensó el niño. “Me lo voy a comer, me lo voy a tragar vivo” pensó la pantera. Pero ninguno de los dos se movió. Ahí estaba el niño, parado en sus dos pies frente a una pantera de casi dos metros que lo miraba amenazante.

Si no pelearon fue porque el animal estaba cansado y el niño aterrado. Por eso y porque la pantera estaba en territorio de tigres y prefería guardar sus fuerzas para pelear con el primero que se le acercara. Por eso y porque cuando un tigre se acercó el niño aventó una piedra que rompió la cabeza del tigre y le dio ventaja a la pantera. Por eso y porque una vez herido el tigre, la pantera lo mató en instantes. Por eso, por todo eso, la pantera le perdonó la vida.

Un acuerdo tácito comenzó entre ellos, la pantera, que nunca había visto más que por ella misma, decidió protegerlo. Una sola regla existía para el pequeño: nunca acaricies a una pantera herida. Pero todos los niños y todas las historias son iguales, los niños no entienden el “no” y la selva no perdona.

Pasaron meses uno alado del otro. La pantera dormía con el chamaco arriba, jalándole los pelos y el niño acariciaba al animal que creía inofensivo. “Eres mi gatito” le decía riendo, pero ambos sabían que ese no era un gatito y que no le pertenecía a nadie.

El gatito se encontró a un tigre, justo ese día en que el niño quiso escalar árboles, en vez de acompañarlo a buscar comida. La pantera rugió y el rugido se escuchó en toda la selva. El niño bajó de su árbol y corrió hasta donde sabía que estaría su gatito. Encontró al animal herido y al tigre muerto. La pantera gemía de dolor, tenía rasguños y mordidas en todo el cuerpo. El niño se acercó, poco a poco, para no asustarla, pero el gato no vio nada más que una sombra amenazante. Cuando el infante estuvo lo suficientemente cerca, la pantera le soltó un zarpazo.

El niño calló, sangraba. El rasguño era profundo, grave. La pantera se levantó y por fin lo vio. Acababa de herir gravemente al niño, tal vez moriría. Enojada consigo misma y con él, a quien le había advertido, llamó con un rugido a un chimpancé para que se lo llevara. El niño no quería irse. Lloró y suplicó a la pantera que lo dejara quedarse, que nunca más volvería a molestarla cuando estuviera herida. Pero el gato fue intransigente. “Ya lo hice una vez, lo volveré a hacer, vete.”

Y el niño tendrá toda su vida la cicatriz en el pecho.

Y la pantera nunca volverá a tener a un compañero.

Pero eso pasa cuando te acercas a una pantera herida.

El cielo en la arena.

Blanco y negro.

Vuela al sol.

I’m like a bird…

El mar.

Run into the sea

Yo no sé qué es esto…

Me gustan los pimientos. Me gustan los colores. 

In the distance.

Lleve su jamaica…

Red shiny apples.

Dulces de colores